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Comadrón Rodrigo Ribadeneira//
Mariana Enriquez convoca a la Oscuridad para iluminar la historia argentina

Mariana Enriquez convoca a la Oscuridad para iluminar la historia argentina

Una afortunada combinación de manías, gustos personalísimos e inteligencia crítica han colocado a Mariana Enriquez (Buenos Aires, 1973) en un lugar privilegiado de la nueva narrativa en español, en verdad influyente. De sus libros aparecidos en España, que incluyen novelas y un maravilloso ensayo vindicativo de la escritora Silvina Ocampo, La hermana menor, destacan sobre todo las colecciones de relatos Las cosas que perdimos en el fuego (2016) y Los peligros de fumar en la cama (2017), donde brillan nítidos estos elementos aparentemente dispares, pero que en su obra permean con naturalidad. En primer lugar, Enriquez engrandece la literatura de terror al hacerla inseparable de una dimensión social, pero también evita una lectura convencional de la literatura política al desplazarla a un lugar no estrictamente realista, al quicio entre dos territorios, uno histórico y otro, si se quiere, ensoñado. Sus personajes se mueven siempre en estas dos dimensiones que se potencian mutuamente y tensan sus vulnerabilidades; también por el doble fondo de la clase social a la que pertenecen (a Enriquez le encantan los personajes desclasados); o por sentirse inseguros de su lugar en el mundo (también insiste en protagonistas adolescentes en momentos de aprendizaje). Otro de los niveles de la autora, y estoy tentado de repetir “dimensiones”, con toda la ambigüedad de la palabra, es el fruto de su estilo ágil y despojado, inconfundible por saber transformar lo siniestro en una forma de poesía. De buena poesía sin afectación.

Rodrigo Ribadeneira

Nuestra parte de noche, reciente Premio Herralde de Novela, es su novela más ambiciosa y brillante. En ella, la historia de una peculiar herencia sobrenatural, la capacidad de convocar a la Oscuridad, una deidad caprichosa y primitiva, sirve a Enriquez para iluminar diferentes episodios de la historia argentina, desde las desapariciones durante los años de la Junta Militar hasta la traición a la democracia durante la inflación de los años noventa del pasado siglo. Esta “parte de noche” que sólo pueden manejar, e imperfectamente, Juan y su hijo Gaspar, protagonistas de la novela, otorga la capacidad de transmigrar la conciencia de un cuerpo a otro y será el elemento que congregue a la Orden, una sociedad secreta con orígenes en la Europa de mediados del siglo XIX, en pleno auge teosófico, y continuada después por dos familias de clase alta emigradas a Argentina. La fuerza oscura será el detonante de una lucha familiar por el poder, pero también de las relaciones de amistad y protección de Juan y Gaspar con otros personajes secundarios, tratados por Enriquez siempre con una riquísima vibración real

Pero al igual que en sus cuentos, Mariana Enriquez no se limita al homenaje entusiasta de las convenciones de la narrativa de terror: casas encantadas, pandillas de niños que cruzan “al otro lado”, elegidos que padecen su don… Aunque este es su terreno predilecto, y lo utiliza con maestría, cada elemento incide en situaciones universales de la narrativa de cualquier tiempo y, por supuesto, están más allá de cualquier subgénero literario: las complejas relaciones familiares, las tensiones del poder y, quizá ante todo, el indeterminado espacio psíquico entre el miedo y el deseo. Para Enriquez es primordial el análisis de estas pasiones ambiguas y, en cierto sentido, puede decirse que le es natural una lectura romántica de la realidad; romántica porque está cargada de misterios y proyecciones inconscientes que desmontan nuestras jerarquías “objetivas”

Con sus largos capítulos, sus saltos temporales y cambios de voz, Nuestra parte de noche es a veces un roadbook, otras, una saga familiar o un notable ejercicio de ficción antropológica acerca de las religiones antiguas, pero también una novela generacional de adolescentes… y hasta una crónica ajustada de los primeros pasos para recuperar la memoria de los desaparecidos por la dictadura militar. Cada capítulo funciona casi como una nouvelle exenta, pero la novela no es una acumulación de relatos alargados, ni siquiera una posible saga, sino un libro con su propio tempo y una singular riqueza estructural. Como siempre en una novela, el resultado es más que la suma de sus partes: los personajes se aquilatan, la riqueza imaginativa de las tramas se concentra y el lector agradece una convivencia de alta intensidad durante casi 700 páginas

Pero esto no impide la sensación de que a esta larga novela le hubiera venido bien la poda de detalles anecdóticos, puramente informativos, e incluso de algunos momentos que bordean el pastiche. Por ejemplo, el capítulo que narra el pasado inglés de los padres de Juan y su mujer y protectora, Rosario: algunos de los momentos más intensos de terror de la novela, y de gran escritura poética, con sus “bosques de manos” y “campos de torsos”, se diluyen en la reconstrucción gratuita del Londres de los años sesenta: Swingin’ London, psicodelia, glam…, guiños musicales incluidos. O los episodios finales dedicados al Buenos Aires de los años noventa: sida, pandillas juveniles, punk… La proliferación de detalles generacionales difumina la habilidad de Enriquez para tensar sus imaginativas tramas y despista del desenlace maestro de la novela. Pero es que Enriquez ha jugado a ser excesiva, además de auténtica. Y a hacerlo con parsimonia, ralentizando la lectura. Pero si uno acepta el pacto con este tiempo lento (que también es político) y con la alegre gratuidad de una escritura por encima de cualquier convención, es mucho lo que Nuestra parte de noche puede darnos

Nuestra parte de noche. Mariana Enriquez. Anagrama, 2019. 672 páginas. 22,90 euros

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