Política

El dilema entre el amor y el deber

El dilema es una situación en la que es necesario elegir entre dos opciones igualmente buenas o malas y cuya elección, por desgracia, no es perfecta. Dos ejemplos del dilema entre el Amor y el Deber que estuvo a punto de costarle su carrera al recién fallecido Jacques Chirac entre la política y la periodista Jacqueline Chabridon, o tal como lo recordamos cuando vimos la ópera Dido y Eneas de Purcell con la coreografía de Claudia Lavista en la UNAM, después del encuentro apasionado de Eneas, el troyano, con Dido, la reina de Cartago, el primero decide cumplir su deber y abandonarla después de una noche de amor. Ella se quita la vida mientras su amante se aleja.

El poeta Seamus Heaney terminó la traducción al inglés del VI Canto de la Eneida de Virgilio poco antes de morir. Tres años después, Jan Hendrix diseñó y publicó una versión bellísima (la vimos en el MUAC), con grabados inspirados en los valles de Oaxaca, evocando el recuerdo del viaje con Seamus a Oaxaca. Me permito trasladar un fragmento de ese canto cuando Eneas ha bajado al Hades y se encuentra a Dido “todavía reciente su herida, vagando por la inmensa selva, una vez que Eneas estaba cerca de ella, la reconoció, oscura entre la sombra. Derramando lágrimas le habló amorosamente: “¡Ah, desventurada Dido! ¿Fue verdad la noticia que me llegó que habías muerto, buscando tu final con la espada? ¿Y fui yo, ¡ay dolor!, la causa de tu muerte? Por las estrellas te juro que forzado abandoné tu litoral, ¡oh reina! Los dioses me obligaron, los mismos que ahora me obligan a viajar por estos parajes y por esta noche profunda. No pude creer jamás que, con mi partida, te habría de producir dolor tan fiero.”

Como padezco de la ansiedad de escribir y leer, sé que puedo hacer las dos cosas al mismo tiempo cuando traslado un texto ajeno a mis cuadernos, como decía Alberto Vital que hizo Rulfo con las Elegías de Rilke y como ahora lo hago con Virgilio y Shakespeare quien exploró lo que implica un dilema en Antonio y Cleopatra, cuando el romano decidió lo contrario que Eneas y prefiere el Amor de su “serpiente del Nilo”, abandonando su Deber hasta que la muerte los separe: “¡oh, Antonio!, pensar que yo te he empujado a esto… a veces sólo con una sangría expulsamos la enfermedad. Tuve que mostrarte el ocaso de tu decadencia para que te vieras a ti mismo. Además, bien sabías que los dos no cabíamos en este mundo. Déjame lamentarme con lágrimas y con la sangre de nuestros corazones: tú eras mi hermano, mi contrincante y, más allá de todo, mi designio y mi par en el gobierno de este imperio; eras mi amigo y compañero en el frente de guerra, eras el brazo de mi propio cuerpo, el corazón que encendía mis pensamientos. Por eso, siento que nuestras estrellas se hayan separado a tal extremo de su centro de gravedad.”

Lástima que no se considere a los clásicos en las escuelas en México y de otros países. A través de ellos conocemos historias que alimentan la imaginación con mitos y dioses: Venus y el amor; Marte y la guerra; Zeus como Toro o Cisne con tal de seducir a su víctima; cero Metamorfosis, cero Plutarco y sus Vidas Paralelas, nada de nada.

Jonathan Bate conoce a los clásicos y los relaciona con las obras de Shakespeare en How the Classics Made Shakespeare (Princeton University Press, 2019), que los había estudiado en la primaria cuando salía “llorando con su mochila y su cara reluciente por la mañana, arrastrándose como caracol, sin ganas de ir a la escuela”, asistiendo a clases de lunes a sábado de las siete de la mañana a las cinco de la tarde, inviernos incluidos, practicando con unas puestas en escena de esas obras donde aprendió, entre otras cosas, lo que implica el dilema entre el Amor y el Deber.

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