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12 de octubre: ¿De dónde venimos, hacia dónde vamos y hasta dónde queremos llegar?

Debemos tener conciencia que venimos del destino, de la concepción, del nacimiento, de la vida que transcurre en el transitar de la corriente cósmica y las ondas terrenales. De eso debemos tener pleno conocimiento y claridad meridiana para saber de dónde venimos, hacia dónde vamos y hasta dónde queremos llegar como pueblo y así poder situarnos dentro de la perspectiva del tiempo y de la historia.

El 12 de octubre debe ser un día de firmeza y de respirar profundo para contener las calenturas de los recuerdos que nos asaltan cada vez que nos asomamos a ese vibrante pasado, donde la lucha de resistencia de nuestros pueblos originarios fue por más de un siglo. La verdad es que nuestros guerreros lucharon -quizás con mucha más conciencia de la que pudiéramos imaginar-, en defensa de la dignidad de su pueblo y de su tierra.

Esa es la verdadera historia, la no contada, la silenciada durante 500 años; es decir, la verdad fue secuestrada y sepultada en las odiosas escenas del silencio, donde el viento se vuelve seco y cuya brisa no escarba las letras perdidas. Durante cinco siglos la verdad lloraba en medio de la incertidumbre y la inclemencia, esperando siempre que alguien quitara las lápidas de la mentira y germinara la verdadera historia y así desmantelar la farsa que contaba que nuestros indígenas cambiaban perlas, diamantes y oro, por espejitos. Vaya que desprecio y bajeza de los opresores españoles, discurso que todavía se escucha por allí en los relatos y prosas burlescas de los enrazados.

Hay que recordar que el proceso de colonización de nuestros pueblos originarios por parte de los españoles comienza hacia el año 1600, porque la etapa anterior fue el de la conquista, la cual duró prácticamente desde el 12 de octubre de 1498 hasta el año 1600. Entonces, esos 102 años fueron de saqueo, de muerte y terror; pero también de lucha y dignidad de nuestros líderes nativos, que lucharon hasta el último aliento para defender y rescatar a su gente de las garras de los ejércitos de rapiña que había enviado el imperio español, para someter, conquistar y colonizar a esos seres que “no tienen alma”. Así se referían de nuestra gente los depravados invasores, cuando con el filo de las espada atravesaban el corazón de hombres, mujeres, niños y ancianos, tal como lo habían hecho con los incas y los aztecas.

Respecto a todo eso, nunca se habló de genocidio ni de exterminio, sino de descubrimiento, de encuentro de dos mundos, de evangelización, de la Pinta, de la Niña y de la Santa María. Hubo una complicidad extrema entre los poderes dominantes de esa España asesina y la Iglesia Católica; primero, para acabar con la vida de millones de indígenas, con la consecuente desaparición de civilizaciones enteras y el saqueo de las riquezas existentes en los territorios invadidos; y segundo, para silenciar el crimen y el brutal saqueo. En razón de ese exterminio, el actual Papa llamado Francisco hasta pidió perdón por todos los actos y ofensas a la vida humana. Dijo: “Pido perdón, no sólo por las ofensas de la Iglesia Católica, sino por los crímenes contra los pueblos originarios durante la llamada Conquista de América”.

Precisamente, para reivindicar la lucha de los pueblos indígenas que se enfrentaron a los sanguinarios conquistadores y colonizadores españoles, el gobierno revolucionario del Comandante Supremo Hugo Chávez, declaró el 12 de octubre como Día de la Resistencia Indígena. Fue el en el año 2002, cuando en un alto grado de conciencia humana, política y revolucionaria, Chávez produce esa ruptura con el mal llamado “día de la raza” para darle verdadero sentido a esta fecha.

Con esa misma intención se promulga la Ley Orgánica de Pueblos y comunidades indígenas (LOPCI), en el año 2005, como herramienta jurídica para brindarles mayor protección a los pueblos originarios y terminar de blindar lo establecido en la carta Magna de 1999.

Hoy, a 521 cuando se inició la lucha de resistencia, el pueblo venezolano está más firme que nunca en la consolidación de su destino victorioso, soñado por Guaicaipuro, Bolívar y Chávez. Por ello, no podemos andar dispersos, en la nostalgia excesiva del peregrino, sino soñando como pueblo, caminando erguido por las sendas de la razón y con la mirada puesta en el horizonte de la libertad. Nada de delirios desesperados y andar buscando atajos intrincados que nos puedan dispersar; más bien debemos apurar los pasos del movimiento y con la fuerza del alma y del espíritu construir la verdadera unidad.

Hay que fecundar el porvenir y con ello asegurar los valores más preciados de la dignidad del ser humano, para que todos nos alimentemos de las esperanzas y no de las mortajas de la sepultura; para que nos alimentemos de los pensamientos enaltecedores de la verdad y no de los recuerdos. Así, en cada zancada iremos marcando la ruta y caminando seguros bajo el sol de la realidad ardiente, esa que quema pero que también te da las energías para continuar la marcha hasta allá, hasta el horizonte de las horas, con sus luces y sus sombras. Que nos hable la voz de la eternidad y nos guie siempre el sentimiento de la solidaridad; que después de estos 521 años de largo recorrido, nos encontremos con la primavera, llena de ternura; que nos encontremos con la esencia de nosotros mismos, con nuestros nuestra tierra, con nuestra amada patria y dejemos de andar buscando la oscuridad en medio de la luz.

A pesar de todos los obstáculos que nos quiera imponer el nuevo imperio, no detengamos la marcha. Con los ojos de la fe y de la certidumbre, no perdamos el brillo de la existencia. Nada de mirar por rendijas oscuras y querer pisar terrenos de falsos linderos, porque esos pudieran ser los caminos de las tierras baldías, de los pantanos peligrosos y los bosques de los árboles talados. Nuestro andar debe estar marcado por el deseo de vivir y soñar, de luchar por los ideales de nuestra patria donde hemos nacido, de esa patria que también sueña con la libertad; porque -aunque usted no lo crea- la patria también respira y sueña con la libertad.

Ese el verdadero orgullo que podemos sentir en esta fecha de hoy, que podamos decir ¡Qué bueno es vivir por la patria! ¡Qué bueno es morir por la patria! Eso, más que un compromiso y un sentimiento, debe ser la dulzura espiritual que nos impulse a defender la dignidad de nuestro suelo; que no sea sólo un palpitar, un rumor, sino la verdad de los tiempos pasados, presentes y futuros. Que no sean sombras del recuerdo, sino legados que crujan cuando se le invoca a través del discurso y de la acción liberadora que busca el porvenir como regalo del destino.

Luchar todos los días por la verdad es mantener viva la esperanza de la pasión y la firmeza; es sembrar la semilla bajo el sol inclemente, pero con el convencimiento que germinará y fecundará la soberanía plena expresada en la rosa azul o el fruto dulce que nos alimentará o el árbol frondoso que nos cubrirá y protegerá de los rayos fulminantes. Precisamente, bajo el resguardo de ese árbol descansaremos tras cada jornada para no caer en la nostalgia de la duda y no disecarnos en la pura contemplación. Hay que aprovechar cada instante con el sentido de la unidad infinita, donde no haya lamentos, ni llantos, sino solidaridad con todos nuestros hermanos y hermanas; donde no haya represión, sino persuasión; donde no haya traición, sino compromiso patrio. En cuestiones de Estado, de gobierno y de política, no debe haber contemplaciones ni indulgencias con nadie; pero con el ser humano que sufre, que se equivoca, no lo juzguemos, sino más bien hay que ayudarlo a librar esa lucha para que se organice desde su propio interior y sea útil para el combate de la vida y deje atrás ese estigma del alma agotada; que tenga conciencia que también es un ser humano que respira y que tras cada bocanada sienta que la vida es eso: un trajinar de lucha y victoria, de sueños y esperanzas.

Ya después de 521 años debemos olvidarnos de los obstáculos, de las piedras que hay en el camino, de la carga pesada del pasado, para enrumbarnos definitivamente hacia los tiempos del porvenir. Como dirían los poetas, esta tierra, esta patria es demasiado maravillosa para rendirse. Si nos caemos, nos levantamos; si fracasamos, nos reponemos; si desmayamos, resucitamos, porque no somos una isla que naufragó en sus propias aguas, sino que somos un pueblo, con un sentimiento de patria que palpita en el corazón de cada hombre y cada mujer venezolana. Hacia allá, hacia el horizonte es que debemos seguir, así sea atravesando las brumas y los desiertos. Igual, si nos perdemos, inventamos el camino y no los atajos intrincados; buscamos nuevas rutas en las posibilidades del andar hasta encontrar las sendas trazadas por el destino y por nuestros antepasados. Si la cosa se pone difícil, con certeza profunda y apasionada, tendamos los puentes sobre los abismo y crucemos tranquilo hacia la realidad. Nada de quedarnos varados ni mucho menos anulados. No detener la marcha es la mejor garantía de la victoria que nos permitirá ir y venir por estas fronteras del tiempo imaginario.

Cuando el sol decline, ya nuestra marcha irá lejos. Cuando aparezca la luna llena, no será para eclipsar nuestras pisadas, sino para alumbrarnos el camino de la tierra que andamos y soñamos, para que se haga el silencio, bañado con el esplendor nocturno y la paz cubra con su manto luminoso las tinieblas de la noche. Nada de sentir las agonías del caminante, esas que impiden cruzar las llanuras impetuosas, sino apurar el paso para que no nos alcancen las mareas de la derrota, sino las aguas cristalinas de la victoria.

Dejemos atrás el viento seco que ahoga los sueños y quema las ilusiones. No hay tiempo para la hora crítica ni para la pesadumbre. A lo largo de nuestro trajinar de la vida pasarán muchas tempestades, pero también vendrán la calma, la sobriedad y la claridad de la conciencia, la experiencia y la agudeza del pensamiento, cualidades valiosas que se acumularán para ponerlas al servicio de la vida y la defensa de la patria.

Sabemos que la batalla que está librando nuestra patria en los actuales momentos es dura, difícil, muy difícil; por ello debemos poner toda la fuerza y toda la esperanza en cada uno de nosotros para no desmayar en el compromiso de la fuerza, lo intelectual, moral y espiritual de la batalla.

Escuchemos la voz de la sangre de nuestros libertadores, verdaderos patriotas que no tuvieron miedo al despertar de la conciencia revolucionaria para romper con más de trescientos años de dominio y adormecimiento. Ellos lograron sepultar las sombras del miedo y sembrar las semillas de la libertad y la existencia propia de una República nueva. Toda su lucha estuvo enmarcada en un mismo ideal: Lograr la libertad para construir un futuro y un porvenir. Ellos entendieron que había llegado la hora de salir del desánimo, de la repugnancia, del malestar silencioso que se llevaba en la conciencia. De esa manera, luchando, saboreando lágrimas de derrotas, de martirio y sacrificio, no se rindieron y con su esfuerzo y sacrificio sellaron la senda del destino victorioso, alineando así todos los argumentos en favor del nacimiento de la patria por toda la eternidad.

Nuestros libertadores fueron líderes de acción; soldados, pensadores e intelectuales cuyo legado es la mejor carta de presentación, acompañado con la independencia de las repúblicas que fueron liberadas por la espada de la libertad. No obstante, hay que ir más allá de los recuerdos para no quedarnos atrapados en las gestas gloriosas del pasado; para no quedarnos vagando en las memorias, ni en las lágrimas de todos los lamentos, donde hablan todas las voces en el desierto de la imaginación.

Hoy más que nunca la Revolución bolivariana y chavista vive en el alma y en la carne de los hijos e hijas de esta patria, quienes después de 200 años de la independencia, hoy luchamos para defender lo más sagrado que tiene un pueblo que es su dignidad y su independencia. Por ello, es que este noble pueblo se alimenta de la franqueza y la convicción que estamos al lado correcto de la historia y vamos a vencer, tal como vencimos en Carabobo.

Ahora bien, de dónde venimos, hacia dónde vamos y hasta dónde queremos llegar son las interrogantes que, agrupadas en una sola, nos convocan en este día de resistencia. Para darle respuesta a estas cuestiones planteadas dicen que existe una mejor y recta manera de averiguarlo que es a través de la acción para avanzar en los logros de la experiencia y que después de esa adaptabilidad vendrán los tiempos para descansar y recrear el espíritu. Así, en la medida que, como pueblo avancemos hacia la comprensión de esos significados, -sin duda alguna-, se irán alcanzando los objetivos y las metas trazadas. Ya hemos andado en el largo trajinar de 521 años y tiene que llegar el día y la hora cuando realmente expresemos que ya hemos alcanzado conciencia de cuál es nuestra misión como patria.

Sabemos de dónde venimos, de allí que no podemos quedarnos arropados con la nube negra de la ignorancia, sino que tenemos que luchar y crecer; sin miedo toquemos las puertas de nuestra propia conciencia como pueblo y tal vez allí encontremos nuestras verdades, porque más allá de la retórica y los discursos, el destino de nuestra patria está en la fijación de metas planificadas e iluminadas con el rayo de la luz espiritual.

No nos perdamos en el tiempo, porque el tiempo mismo en un elemento de prueba, que necesariamente debe representar trabajo productivo para cosechar los logros deseados y dar señales que sabemos hacia dónde vamos. Por eso en este día he querido reflexionar sobre todo esto, porque creo firmemente que es mejor apostar a la vida, a la paz y al diálogo, tal como lo hizo Hugo Chávez y lo está haciendo Nicolás Maduro, a quien la experiencia del tiempo y el combate le ha enseñado a interpretar la línea que marca la revolución, que sigue su curso, duro por supuesto, pero que gracias al espíritu firme y la voluntad de hierro del pueblo venezolano sigue el camino expedito hacia allá, hacia las fronteras de la verdadera independencia, donde brillará el sol de la plena soberanía.