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“No puedo hacer nada sobrio”

Rocio Higuera
"No puedo hacer nada sobrio"

“Candidez” es la palabra que más utiliza Maruja Bustamante para referirse a su nuevo trabajo como directora, El fin. Se trata de un monólogo de Giuliana Kiersz al que ella incorporó otros personajes –que poco o nada dicen, pero ocupan la escena– y que trata de varios fines: el del mundo, el del amor, el de una etapa. También el del país en términos geográficos, porque parte de la trama sucede en el sur argentino. Muy poética desde la dramaturgia, con destacados música en vivo y diseño sonoro de Paula Maffía y un atractivo dispositivo lumínico ideado por Verónica Alcoba, es una obra en la que todos los elementos de la puesta están al mismo nivel y que mueve a los espectadores por distintos sectores del Centro Cultural Rojas. Se la puede ver los viernes a las 20.30 y a las 22 en Avenida Corrientes 2038.

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La dramaturga y directora se luce además como actriz en el papel de Liliana en Todo tendría sentido si no existiera la muerte, suceso de público con dirección de Mariano Tenconi Blanco. Liliana es la dueña de un videoclub que se hace amiga de la protagonista enferma, y que la ayuda a cumplir su última voluntad: filmar una película pornográfica. “Lo disfruto, me gusta hacerlo. En un momento me enojé porque decían ‘a Maruja eso le sale fácil’. Pero no es fácil hacer una obra de tres horas y encontrarle la vuelta a un personaje que podría ser mucho más cuadrado. Es difícil pasar del estereotipo de la drogona nihilista a esa persona que en realidad tiene corazón y puede ser solidaria y generosa”, dice ella. La obra se presenta en el Teatro Payró (San Martín 766), los sábados y domingos.

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“Estreno un montón este año”, anuncia Maruja. Fue convocada para sumarse al ciclo “Invocaciones” en mayo, con curaduría de Mercedes Halfon, en el Centro Cultural San Martín. En el marco de esta propuesta, distintos directores recrean el imaginario de alguno de los grandes del teatro. A Bustamante le tocó Armando Discépolo. “Me encanta. Leí todo. Tengo la estructura que ya estoy escribiendo. Quiero pensar qué pasa con la inmigración y lo grotesco hoy. Más o menos se va a tratar de esto, y va a cruzar con la inmigración de artistas”, cuenta. Para más adelante tiene previsto un estreno en el Teatro Cervantes. Una obra de Patricio Ruiz, Testimonios para invocar a un viajante, en septiembre. Y cocina un proyecto más sobre la figura de Klaus Kinski y los abusos sexuales a sus hijas. 

En El fin, el rol principal lo encara Bárbara Massó. La acompañan Diego Benedetto, Belén Gatti y Camila Conte Roberts. Jazmín Titiunik estuvo a cargo de la dirección coreográfica. La obra obtuvo el primer premio del X Premio Germán Rozenmacher de Nueva Dramaturgia del Rojas y el Festival Internacional de Buenos Aires (FIBA): se estrenó en el marco del FIBA. Le quedan dos funciones los viernes y luego vuelve a la cartelera el 29 de marzo, con funciones también los sábados, hasta mediados de abril.

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–¿Cómo fue el proceso de construcción de El fin?

–Conocí a Giuliana en un taller del Royal Court Theatre de Latinoamérica. Las dos fuimos seleccionadas y nos becaron. Era un proyecto para Chile, Uruguay y Argentina. Fuimos todos a Chile, después a Buenos Aires y luego a Montevideo. Nos hicimos amigas y leí todas las cosas de ella. Después fui jurado del Rozenmacher y ganó El fin. Ella fue correcta, no me la mostró, y era con seudónimo. Además, yo no era la única jurado. Cuando me dijeron que el texto era de ella no lo podía creer. Después ganó un premio del FIBA, una coproducción con el Rojas. Pero Giuli no dirige. Y no sé cómo llegamos a que se la dirigiera yo… Yo le pedí que mirara alguna cosa no tradicional mía. Vio Rabia roja. Y en el verano de 2018 empecé a probar con alumnos y alumnas otros textos suyos, en un espacio roto. Les hacía hacer cosas afuera, adentro, en la cocina. Quería ver qué pasaba si era un recorrido. Lo probamos, hicimos una especie de muestra. Me parecía que estaba bueno para sus textos que fueran montados en un lugar donde te movieras. Había que hacerlo sí o sí en el Rojas, y yo no me imaginaba el texto ése, un monólogo de una piba en el escenario…  me parecía que se iba a quedar corto. 

–Desde el punto de vista teatral, ¿qué te atraía de una puesta que invitara al movimiento?

–Poder cambiar los escenarios. Los estados, las emociones. Y que la gente se sienta parte. Como la obra toca el fin del amor en paralelismo con el fin del mundo… Yo le dije a Giuliana: “Vos sos re fatalista en torno a las separaciones”… para mí son una transformación. Por eso en la puesta lo quise poner en otro lugar, más transformador. Le decía a la actriz que sea cándida, que se empapara de lo más lúdico. Prefería algo así, como una aventura. Me gusta algo de lo roto porque el amor no es lineal, ni está en un lugar detenido. Muta, tiene una forma caprichosa, cada persona lo vive de una forma diferente. Usamos las cosas que estaban en el Rojas. Al principio cuando hacés teatro hay una mesa y tenés que creer que es un barco. Bueno, los actores tuvieron que imaginar todo con el cuerpo. Fue un lindo trabajo con Jazmín Titiunik. Necesitaba a alguien que viniera a moverles el cuerpo un poco. 

–¿Que te atraía del texto, o de los textos de Kiersz en general?

–Me parece que ella tiene una sobriedad tierna. En eso, en lo de tierna, se acerca más a mí. Comulgamos. Pero ella es más seria, más adulta por momentos. Yo no tengo sobriedad cuando escribo. No puedo hacer nada sobrio en ningún momento, por eso me atrae. Algo re loco fue que le pregunté si había ido al sur, y me dijo que no. Me parecía que lo había retratado tan bien… Mi mamá vive en Chubut y yo fui mucho tanto a la playa como a la montaña. Hay algo de cómo cuenta, del silencio del fragmento; algo frío y hostil en el texto que es del sur de nuestro país. Me gustó tenerla viva, presente y contemporánea a mí porque podía dialogar con ella y pensar qué le gustaría y jugar con pavadas, como que tengan todas rulos (las actrices), como ella. Esas cosas me empezaban a hacer texturas en la puesta. Yo quería en el vestuario zapatillas de trekking porque al sur hay que caminarlo, y porque ella (Giuliana) siempre anda con botas.

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–Algo interesante de la puesta es que los elementos dialogan entre sí sin que uno sobresalga. ¿Esto fue pensado?

–Yo quería que no hubiera jerarquía, y en general trato de que conversemos quienes integramos el equipo y que todos sepan todo. Jazmín se involucró completamente y vino a todos los ensayos aunque no fueran de coreografía o movimiento. Paula no podía venir tanto pero yo le filmaba todos los ensayos. Verónica, la iluminadora, vino a muchos. Los últimos 15 días vino a casi todos. Me gustó que pudiéramos agruparnos así siendo independientes. De esa manera se trabaja mucho mejor. Ultimamente vengo pensando en lo colectivo del teatro. El Rojas nos dio muchos ensayos técnicos, sino no hubiéramos llegado. El gasto mayor que hicimos fue en luces, pero valía la pena: la obra es un parque de diversiones de luces